Sigmund Freud
Análisis terminable e interminable
Tomo XXIII
Amorrortu Editores
Página 248 251
VII
Una conferencia de rico contenido, pronunciada por S. Ferenczi en 1927, «El problema de la
terminación de los análisis(228)», concluy e con esta consoladora seguridad: « ... el análisis no
es un proceso sin término, sino que puede ser llevado a un cierre natural si el analista tiene la
pericia y paciencia debidas». Opino que ese trabajo equivale más bien a una advertencia de no
poner como meta del análisis su abreviación, sino su profundización. Ferenczi añade todavía la
valiosa puntualización de que es igualmente decisivo para el éxito que el analista haya aprendido
bastante de sus propios «yerros y errores», y cobrado imperio sobre los «puntos débiles de su
propia personalidad». Esto proporciona un importante complemento para nuestro tema. No sólo
la complexión yoica del paciente: también la peculiaridad del analista demanda su lugar entre los
factores que influyen sobre las perspectivas de la cura analítica y dificultan esta tal como lo
hacen las resistencias.
Es indiscutible que los psicoanalistas no han alcanzado por entero en su propia personalidad la
medida de normalidad psíquica en que pretenden educar a sus pacientes. Opositores del
análisis suelen señalar en son de burla ese hecho y emplearlo como argumento para demostrar
la inutilidad del empeño analítico. Uno podría rechazar esta crítica como reclamo ilegítimo. Los
analistas son personas que han aprendido a ejercer un arte determinado y, junto a ello, tienen
derecho a ser hombres como los demás. En otro orden, nadie afirma que un individuo es inepto
como médico para enfermedades internas si sus propios órganos internos no están sanos; al
contrario, se puede hallar cierta ventaja en que alguien amenazado de tuberculosis se
especialice en el tratamiento de tuberculosos. Sin embargo, no son iguales los casos. Al
médico enfermo de los pulmones o del corazón, siempre que haya conservado la capacidad de
trabajar, su condición de enfermo no lo estorbará en el diagnóstico ni en la terapia de las
afecciones internas, mientras que el analista, a consecuencia de las particulares condiciones
del trabajo analítico, será efectivamente estorbado por sus propios defectos para asir de
manera correcta las constelaciones del paciente y reaccionar ante ellas con arreglo a fines. Por
tanto, tiene su buen sentido que al analista se le exija, como parte de su prueba de aptitud, una
medida más alta de normalidad y de corrección anímicas; y a esto se suma que necesita de
alguna superioridad para servir al paciente como modelo en ciertas situaciones analíticas, y
como maestro en otras. Por último, no se olvide que el vínculo analítico se funda en el amor por
la verdad, es decir, en el reconocimiento de la realidad objetiva, y excluye toda ilusión y todo
engaño.
Detengámonos un momento para asegurar al analista nuestra simpatía sincera por tener que
cumplir él con tan difíciles requisitos en el ejercicio de su actividad. Y hasta pareciera que
analizar sería la tercera de aquellas profesiones «imposibles» en que se puede dar
anticipadamente por cierta la insuficiencia del resultado. Las otras dos, ya de antiguo
consabidas, son el educar y el gobernar (ver nota(229)). No puede pedirse, es evidente, que el
futuro analista sea un hombre perfecto antes de empeñarse en el análisis, esto es, que sólo
abracen esa profesión personas de tan alto y tan raro acabamiento. Entonces, ¿dónde y cómo
adquiriría el pobre diablo aquella aptitud ideal que le hace falta en su profesión? La respuesta
rezará: en el análisis propio, con el que comienza su preparación para su actividad futura. Por
razones prácticas, aquel sólo puede ser breve e incompleto; su fin principal es posibilitar que el
didacta juzgue si se puede admitir al candidato para su ulterior formación. Cumple su cometido
si instila en el aprendiz la firme convicción en la existencia de lo inconciente, le proporciona las
de otro modo increíbles percepciones de sí a raíz de la emergencia de lo reprimido, y le enseña,
en una primera muestra, la técnica únicamente acreditada en la actividad analítica. Esto por sí
solo no bastaría como instrucción, pero se cuenta con que las incitaciones recibidas en el
análisis propio no han de finalizar una vez cesado aquel, con que los procesos de la
recomposición del yo continuarán de manera espontánea en el analizado y todas las ulteriores
experiencias serán aprovechadas en el sentido que se acaba de adquirir. Ello en efecto
acontece, y en la medida en que acontece otorga al analizado aptitud de analista.
Es lamentable que además de ello acontezca otra cosa todavía. Cuando quiere describirlo, uno
sólo puede basarse en ciertas impresiones. Hostilidad por un lado, partidismo por el otro, crean
una atmósfera que no es favorable a la exploración objetiva. Parece, pues, que numerosos
analistas han aprendido a aplicar unos mecanismos de defensa que les permiten desviar de la
persona propia ciertas consecuencias y exigencias del análisis, probablemente dirigiéndolas a
otros, de suerte que ellos mismos siguen siendo como son y pueden sustraerse del influjo
crítico y rectificador de aquel. Acaso este hecho da razón al poeta cuando nos advierte que, si a
un hombre se le confiere poder, difícil le resultará no abusar de ese poder (ver nota(230)).
Entretanto, a quien se empeña en entender esto se le impone la desagradable analogía con el
efecto de los rayos X cuando se los maneja sin particulares precauciones. No sería asombroso
que el hecho de ocuparse constantemente de todo lo reprimido que en el alma humana pugna
por libertarse conmoviera y despertara también en el analista todas aquellas exigencias
pulsionales que de ordinario él es capaz de mantener en la sofocación. También estos son
«peligros del análisis», que por cierto no amenazan al copartícipe pasivo, sino al copartícipe
activo de la situación analítica, y no se debería dejar de salirles al paso. En cuanto al modo, no
pueden caber dudas. Todo analista debería hacerse de nuevo objeto de análisis periódicamente,
quizá cada cinco años, sin avergonzarse por dar ese paso. Ello significaría, entonces, que el
análisis propio también, y no sólo el análisis terapéutico de enfermos, se convertiría de una
tarea terminable {finita} en una interminable {infinita}.
No obstante, es tiempo de aventar aquí un malentendido. No tengo el propósito de aseverar que
el análisis como tal sea un trabajo sin conclusión. Comoquiera que uno se formule esta
cuestión en la teoría, la terminación de un análisis es, opino yo, un asunto práctico. Todo
analista experimentado podrá recordar una serie de casos en que se despidió del paciente para
siempre «rebus bene gestis(231)». Mucho menos se distancia la práctica de la teoría en casos
del llamado «análisis del carácter». Aquí no se podrá prever fácilmente un término natural, por
más que uno evite expectativas exageradas y no pida del análisis unas tareas extremas. Uno no
se propondrá como meta limitar todas las peculiaridades humanas en favor de una normalidad
esquemática, ni demandará que los «analizados a fondo» no registren pasiones ni puedan
desarrollar conflictos internos de ninguna índole. El análisis debe crear las condiciones
psicológicas más favorables para las funciones del yo; con ello quedaría tramitada su tarea.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario